miércoles, 22 de julio de 2026

El clarete de mi abuelo

 El clarete que hacía mi abuelo no seguía manuales de enología ni necesitaba maquinaria moderna ni era mezcla de tinta y blanca. Era el resultado de una forma de elaborar vino que se había transmitido de generación en generación, con paciencia, experiencia y un profundo respeto por la uva.

La vendimia de garnacha tinta comenzaba cuando las uvas alcanzaban su punto óptimo de maduración. Una vez recogidas, se llevaban al lagar, donde eran pisadas con el método tradicional. De allí, el mosto no se separaba de los raspones, los hollejos ni las pepitas. Todo el conjunto pasaba directamente al pozo de fermentación. No se despalillaba. Así se había hecho siempre, como era habitual antes de que existieran las modernas despalilladoras. Esta forma de elaborar el vino conservaba toda la esencia de la vendimia y permitía que la fermentación comenzara con el fruto tal y como salía de la viña. 

Durante la noche, el mosto permanecía en contacto con los hollejos y el resto de la uva. Ese breve tiempo de maceración era suficiente para que adquiriera un delicado color rosado, aromas frescos y parte de la personalidad que haría inconfundible al clarete.

A la mañana siguiente llegaba uno de los momentos más esperados. Mi abuelo llenaba cuidadosamente una cuba de unos 60 litros únicamente con el mosto limpio que había aflorado de forma natural. Era el mosto más fino, el más delicado, el que apenas había sufrido presión y conservaba toda la pureza de la fruta.

En aquella pequeña cuba, el mosto fermentaba lentamente hasta transformarse en un clarete de color vivo, aroma limpio y extraordinaria frescura. No era un vino elaborado para vender ni para ganar premios. Era el vino de la casa, el que se reservaba para la familia, para los amigos y para las celebraciones importantes. Cada copa encerraba el trabajo de todo un año en la viña y el saber hacer de quien conocía la tierra mejor que nadie.

Aquel clarete tenía algo que hoy resulta difícil encontrar: autenticidad. Era un vino nacido de la tradición, elaborado sin prisas y sin artificios, donde la naturaleza marcaba el ritmo y la experiencia de mi abuelo hacía el resto. Cada añada era distinta, pero todas compartían el mismo espíritu: el de un vino sencillo, honesto y lleno de historia.

Bodega

Lagar


Viña O Biedau

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